Llegado el momento, me alejé de la aldea. Me llegó como una visión, como una certeza que se fijó en mi frente. No como una palabra o un mensaje que me lo anunciase, sino como un deseo.
Cada día pienso al menos una vez en el suicidio. Me llega como una luz que ilumina la oscuridad. El dolor, la soledad, el amor imposible, el dolor, el dolor… Uno piensa y siente y se calla la verdad: eso que denominan falta de interés
En aquellos años el que iba a morir sabía que era un estorbo para la comunidad. Se iba al monte y se apartaba de la tribu. Decir eso incluye al enfermo de hoy, porque ya sería un moribundo: no colabora con la tribu y es una boca menos, por lo que no merece alimento. La ley de la selección natural.
He soñado con el silencio de la paz. Y no como figura literaria, aunque tampoco sé con exactitud si esa era la definición de la experiencia. Pues soñé que el amor me sobrevivía, con un dulce suceder. Toda la memoria liberada y, ocupando el cuerpo, insuflando felicidad.
Me dormía escuchando la voz amada pasando a sentir, posteriormente, que el diálogo iba a ser eterno y que nunca volvería –no era preciso- a despertar. No aparecía el temor por ninguna parte de mí.
Seguidamente, mi mente fue inundada de claridad, con la tonalidad de un atardecer a diez mil metros de altura, donde se adivina la descomposición en iris pero aún no se produce.
De esa luz brotó la ocupación de mi cuerpo, como si pasara a formar parte de ella o ella fuese yo. Y también apareció, como un paisaje tras una curva, ese silencio que desprendía dicha, que se disolvía en la boca como un bombón de chocolate o un caramelo de nata; un silencio con cuerpo, estelar, que masticaba los misterios del universo y de la existencia, del polvo estelar, del ADN de todo lo viviente, el silencio que reina en la ionosfera y entre los planetas. Ni siquiera escuchaba el rumor eléctrico de las neuronas, desaparecido de golpe junto al dolor que campea a sus anchas en cada uno de los músculos rendidos –la mayoría- y los oídos descansaban de una vez por todas.
Lo soñé sin estar ni dormido ni despierto, algo parecido a la vigilia, a lo que llaman vigilia pero sin serlo. Algo que apenas quien lo experimenta podría explicarlo. Pareciera que viviera en dos mundos a la vez y pudiera repetir los actos y los pensamientos indefinidamente. Y a la vez como si no existiese, tal que me difuminase en el todo y el silencio fuese mi verbo.
La muerte digna al desapegarse de la tribu conlleva también el evitar padecimientos a los miembros del grupo. Es una forma de eutanasia, ya que se renuncia a los cuidados afectivos y médicos –del chamán- y, al tiempo, una medida aséptica, en tanto evita el contagio de enfermedades. Cuidarme equivaldría, a su vez, a abandonar otros quehaceres mucho más necesarios. Con lo que dos bocas se alimentaban sin esfuerzo de ellas y son un ‘coste’ doble para el conjunto –lo que consumen más lo que no producen- y ocasionan tensiones entre familias, pese que se sea solidario.
No se trata de miedo a la muerte sino respeto a la vida y al recuerdo. Mis hijos me recordarán con una sonrisa, mis maridos por mi sensualidad, los extraños y enemigos por mi entereza. Nadie será testigo de mis últimas horas y mis últimos sufrimientos. Y yo elijo el momento en pasar a formar parte del aire que respiramos y que refresca nuestros rostros, de la lluvia y los ríos, de la hierba, de la sombra y los frutos de los árboles, del aleteo de las aves y el poderío de los animales, del resplandor del sol, la luna y las estrellas, cuando pasé a formar parte del todo y a estar presente en todo.
La vida, como la muerte, es una repetición fractal que se expande en infinitos sentidos. Su fruto, el ser humano, se alza en la dinámica y crea entes anejos que a su vez se exponencian y crecen repitiendo las pautas genéticas.
Fue cayendo la noche del otoño moribundo, que adelanta las nieves, recordando lo que se avecina. Se escuchan las llamadas de los lobos y el silencioso rumor de las aves nocturnas, se adivina también el vivo silencio de mis familias, el crepitar y el humo del hogar. Me abrigo y me acurruco como puedo bajo las pieles, como un acto reflejo, como dignidad, en el húmedo cuenco de un tronco. Y siento que soy feliz en el juego de identificar cada sonido, cada movimiento, cada sombra y cada luz lunar; feliz por privilegiada de estar rodeada en mi partida por todas las fuerzas y seres de la naturaleza, de que sean protagonistas y testigos de mis despedida y partida.
Esta primavera –ya sé que es otoño- es, sin duda, la más bella y espero y deseo que mis hermanos, mi familia, la presente y la que partió hacia el sur y hacia el este también la encuentren tan hermosa como yo. Así, el recuerdo que de mi guarden quede impregnado de una paz en el cuerpo y en el alma incomparable a cualquier otra.
Lejos, en otro valle más al sur, una mujer sintió el llamado de la sangre y comenzó a entonar a su bebé, recién nacido, una nana que hablaba de los más lindos colores de la primavera.