viernes 18 de abril de 2008

V. LA MUERTE


Llegado el momento, me alejé de la aldea. Me llegó como una visión, como una certeza que se fijó en mi frente. No como una palabra o un mensaje que me lo anunciase, sino como un deseo.


Cada día pienso al menos una vez en el suicidio. Me llega como una luz que ilumina la oscuridad. El dolor, la soledad, el amor imposible, el dolor, el dolor… Uno piensa y siente y se calla la verdad: eso que denominan falta de interés informativo. Uno puede estar loco por hacerlo público, aunque luego no tenga valor por ser desesperación ante la lentitud del tiempo y saber que aún existe un procedimiento que puede acallar a los quejidos, aunque esté lejano. Es instinto de impotencia.


En aquellos años el que iba a morir sabía que era un estorbo para la comunidad. Se iba al monte y se apartaba de la tribu. Decir eso incluye al enfermo de hoy, porque ya sería un moribundo: no colabora con la tribu y es una boca menos, por lo que no merece alimento. La ley de la selección natural.


He soñado con el silencio de la paz. Y no como figura literaria, aunque tampoco sé con exactitud si esa era la definición de la experiencia. Pues soñé que el amor me sobrevivía, con un dulce suceder. Toda la memoria liberada y, ocupando el cuerpo, insuflando felicidad.

Me dormía escuchando la voz amada pasando a sentir, posteriormente, que el diálogo iba a ser eterno y que nunca volvería –no era preciso- a despertar. No aparecía el temor por ninguna parte de mí.

Seguidamente, mi mente fue inundada de claridad, con la tonalidad de un atardecer a diez mil metros de altura, donde se adivina la descomposición en iris pero aún no se produce.

De esa luz brotó la ocupación de mi cuerpo, como si pasara a formar parte de ella o ella fuese yo. Y también apareció, como un paisaje tras una curva, ese silencio que desprendía dicha, que se disolvía en la boca como un bombón de chocolate o un caramelo de nata; un silencio con cuerpo, estelar, que masticaba los misterios del universo y de la existencia, del polvo estelar, del ADN de todo lo viviente, el silencio que reina en la ionosfera y entre los planetas. Ni siquiera escuchaba el rumor eléctrico de las neuronas, desaparecido de golpe junto al dolor que campea a sus anchas en cada uno de los músculos rendidos –la mayoría- y los oídos descansaban de una vez por todas.

Lo soñé sin estar ni dormido ni despierto, algo parecido a la vigilia, a lo que llaman vigilia pero sin serlo. Algo que apenas quien lo experimenta podría explicarlo. Pareciera que viviera en dos mundos a la vez y pudiera repetir los actos y los pensamientos indefinidamente. Y a la vez como si no existiese, tal que me difuminase en el todo y el silencio fuese mi verbo.


La muerte digna al desapegarse de la tribu conlleva también el evitar padecimientos a los miembros del grupo. Es una forma de eutanasia, ya que se renuncia a los cuidados afectivos y médicos –del chamán- y, al tiempo, una medida aséptica, en tanto evita el contagio de enfermedades. Cuidarme equivaldría, a su vez, a abandonar otros quehaceres mucho más necesarios. Con lo que dos bocas se alimentaban sin esfuerzo de ellas y son un ‘coste’ doble para el conjunto –lo que consumen más lo que no producen- y ocasionan tensiones entre familias, pese que se sea solidario.

No se trata de miedo a la muerte sino respeto a la vida y al recuerdo. Mis hijos me recordarán con una sonrisa, mis maridos por mi sensualidad, los extraños y enemigos por mi entereza. Nadie será testigo de mis últimas horas y mis últimos sufrimientos. Y yo elijo el momento en pasar a formar parte del aire que respiramos y que refresca nuestros rostros, de la lluvia y los ríos, de la hierba, de la sombra y los frutos de los árboles, del aleteo de las aves y el poderío de los animales, del resplandor del sol, la luna y las estrellas, cuando pasé a formar parte del todo y a estar presente en todo.

La vida, como la muerte, es una repetición fractal que se expande en infinitos sentidos. Su fruto, el ser humano, se alza en la dinámica y crea entes anejos que a su vez se exponencian y crecen repitiendo las pautas genéticas.


Fue cayendo la noche del otoño moribundo, que adelanta las nieves, recordando lo que se avecina. Se escuchan las llamadas de los lobos y el silencioso rumor de las aves nocturnas, se adivina también el vivo silencio de mis familias, el crepitar y el humo del hogar. Me abrigo y me acurruco como puedo bajo las pieles, como un acto reflejo, como dignidad, en el húmedo cuenco de un tronco. Y siento que soy feliz en el juego de identificar cada sonido, cada movimiento, cada sombra y cada luz lunar; feliz por privilegiada de estar rodeada en mi partida por todas las fuerzas y seres de la naturaleza, de que sean protagonistas y testigos de mis despedida y partida.


Esta primavera –ya sé que es otoño- es, sin duda, la más bella y espero y deseo que mis hermanos, mi familia, la presente y la que partió hacia el sur y hacia el este también la encuentren tan hermosa como yo. Así, el recuerdo que de mi guarden quede impregnado de una paz en el cuerpo y en el alma incomparable a cualquier otra.


Lejos, en otro valle más al sur, una mujer sintió el llamado de la sangre y comenzó a entonar a su bebé, recién nacido, una nana que hablaba de los más lindos colores de la primavera.

domingo 23 de marzo de 2008

IV. EL AGUA


Importé, sin conciencia de hacerlo, un botellín de agua mineral gran canaria –no importa la marca. La tengo en el coche, para los descansos, para cuando tengo sed mientras conduzco –es una obviedad, pero he de aclarar que presenta un volumen de 250 cc. y no es por si el motor la precisa; toco madera-, colocada en un hueco al efecto –y otros, como el cenicero- junto al cambio de marchas.

En Sevilla se puede beber el agua de la red; en Las Palmas de Gran Canaria no es aconsejable, si bien en las medianías, como en Valsequillo, por disponer de manantiales naturales y no de agua desalada, no existe problema.

Mas, a pesar de ser mineral, el agua de la botella me sabe a cal. Será que la calidad –como aseguran- del agua de Sevilla es muy buena. Se atreven tanto los políticos que distribuyeron entre los hogares unos pequeños envases de agua de la red, como si se tratara de agua de manantial.

Aunque sea pertinaz la sequía, en general, disponemos del agua como si fuese gratuita o inagotable y no un bien escaso. Más aún, olvidando la trascendencia que ha tenido y tiene en el desarrollo de la vida y de la evolución humana...

Tras varias decenas de lunas, dimos con un lugar que podía considerar mi hogar.

Ya estábamos agotados de caminar, de pensar que un poco más allá hallaríamos algo mejor. Desde que partimos, apenas dependíamos de hallar un refugio donde encender un buen fuego y acurrucarnos. Los pies ajados y endurecidos, el cuerpo magullado y cada vez más pesado.

Cuatro veces más parí durante aquel tiempo y ya mis caderas apenas podía soportar más tiempo, mis pechos se estaban secando y tenía miedo de seguir el camino de la muerte en el parto, pues de las seis madres, dos ya se fueron y una hija mía se quedó en el camino. Sangraba y gritaba y yo no sabía cómo ayudarle, cómo apagar su dolor y su llanto, detener su agonía, detener su marcha aunque la abrazaba con todo mi cuerpo, aunque la besase y limpiase los fluidos. Ni pude impedir que el niño se la llevara. Por eso le suplicaba a la madre tierra que se olvidase de mi vientre. Por eso, cuando llegamos a aquí, sentí que había llegado la hora de concluir la marcha y de dejar que otros caminaran más allá.

Pero aquel tramo de río me permitió sentir que había merecido la pena el viaje, pues no solamente nos asegurábamos el agua, sino que habitaba la fertilidad que precisaríamos.

El agua es imprescindible para el desarrollo demográfico del ser humano. Todos los asentamientos han dependido del agua, porque el agua es imprescindible para la vida, sea cual sea su naturaleza. Y el espíritu humano se congratula de su presencia, su rumor, su frescor y su contacto.

Meditación bajo un gran chorro de agua helada en el Himalaya. Recuerdos de un río que bajaba de Los Pirineos, como una piscina en plena cordillera. El río Turia en mi niñez, el Guadalquivir el resto de mis días.

En aquél, porque estaba ligado al fútbol. El segundo al amor. O mejor a la poesía. Los ríos, el agua, van en mí. Me gusta beber el agua fría, refrescando el pecho y la garganta.

Meditar bajo el chorro de agua para adentrarme en los parajes de la mente y del conocimiento, de conocerme a mí mismo.

Dormir junto al sonido del agua, acunado por su ronroneo.

No obstante, hablo desde las alfombras del ‘mundo desarrollado’ y no olvido al hombre antiguo y al hombre de hoy –a la mujer especialmente, quien recoge el agua, quien lava, quien vela por la sed de los hijos…- dependiendo de un hilo de agua.

Nosotras sabemos cuánto significa un río. El macho caza y pesca, nosotras recolectamos, alimentamos… y el río riega nuestras vidas y nuestro futuro.

Juegan los niños en sus orillas y, con un sabor agridulce de nostalgia por los que marcharon y no volveré a ver, mi corazón empieza a descansar en paz.

¿Qué conllevará el final del agua que ocupa la botella? Me liga a donde querría estar: su fin me preocupa porque me aleja del futuro soñado. El día a día va ampliando la anchura de la fosa y los puentes comienzan a agrietarse.

Podría ser que las últimas gotas que engulla signifiquen alguna clase de eternidad. Porque las estoy escribiendo: ventaja de ser protagonista de esta narración: de algún modo misterioso puedo dotar a las cosas de un simbolismo positivo. Aunque podría decirse que la imaginación me maneja como una marioneta de sus designios y no soy protagonista y sí complemento. Si no, ¿cómo puedo escribir mecánicamente y sin mucho sentido? O la locura, que también puede ser. Por no hablar de los efectos de los medicamentos.

El misterio engrandece al agua y a quien la va a beber: en este caso yo. ¡Abracadabra!

III. LOS MARINOS QUE LLEGARON DEL ESTE Y DEL OESTE


Pasaron los años como poseídos por un río repleto de afluentes y chamanes. Se confundieron con la naturaleza, se co-fundieron con la naturaleza. Poblando las tierras y las orillas de los mares, de arriba abajo, lo que llaman de norte a sur, de valles, desiertos, junglas y altiplanos. De alguna manera, todos primos siberianos.

Los hijos y las hijas fundando naciones y crearon de nuevo la vida y de nuevo, otra vez, inventaron la guerra; o se trataba de un maleficio que importaron en sus equipajes y en sus vientres las primeras seis mujeres y los machos que las acompañaban. Otra vez Abel contra Caín. O esa es la genética del creador al hacernos a su imagen y semejanza. Un tabú que en otras religiones se destapa y los dioses son tan crueles y humanos como nosotros, como debe de ser, sin engaños.

Imagino que pese a la guerra, vivían sin engaños y libres para entregarse a la imaginación. Por tanto, menos materialistas: la tierra y el beneficio pertenecen a la supervivencia de la familia y recaban en su origen cósmico. Así las estrellas y los animales son parte de la existencia personal, son motivo de la vida. Y el chamán es el sacerdote que imagina el presente y el futuro, que lo convierte en palpable, en cercano, tanto que acompaña de sol a sol y durante el sueño.

Imagino que el sueño es parte de la realidad, que es regalo imaginado de los dioses de la naturaleza. El sueño habla y se escucha, crece con las plantas y las aves, vuela el hombre. Y entre soñar e imaginar la felicidad se transforma en el reloj de los días.

No importó que pudieran darse arribadas de gentes del oeste porque también traían imaginación o que pescadores perdidos descansaran en sus suelos del viaje, porque traían imaginación –tanta como para saber que el mar no acababa en un absurdo tajo. Mas entre éstos y aquéllos se crearon mapas y se fue aumentando la imaginación de quienes soñaban dominar el mundo, de los que, en vez de imaginar, creían.

Así, cuando llegaron los creyentes, los aborígenes de América imaginaron que quienes llegaban también vivían unidos a la naturaleza y la imaginación. Con todo, erraron por su inocencia: se toparon con la fe.

Imagino como vieron a Colón y a sus emuladores españoles, portugueses, ingleses, holandeses o franceses. Primero como dioses, después como locos. Para los creyentes, eran tontos: cambiaban bisuterías por riquezas. Mas desconocían cuánta imaginación portaban los cristales y baratijas brillantes que recibieron. E incluso todo fue bien hasta que escucharon las palabras fe y súbditos. Cuando fueron obligados a ser otros y propiedades de un dios y de otros hombres. No habían imaginado ese tipo de maldad.

Ni el puma o el bisonte o el cóndor o el sol o la luna les hablaron de esas cosas, pues tampoco habían imaginado tales males. No pueden imaginar la falta de libertad.

Veintiún mil quinientos años de libertad y quinientos de esclavitud, en tanto la fe trajo la esclavitud del dinero. Apenas algunos resisten en el corazón de la amazonía libres de esa epidemia. Ellos son lo guardianes de la imaginación.

Ahora pueden y podemos imaginar, aunque sea una simple evasión de la esclavitud. Imagino como podría recuperarse esa libertad, esa forma de vida, tan pura. En cambio, mi imaginación no alcanza a romper las barreras, las cadenas que me atan al presente y al futuro, la tristeza que bebo de la vida.

Seguiré insistiendo. Insisto para sentirme vivo. Imagino y sueño y, en ocasiones, no distingo que es lo real. Pequeñas recompensas de endorfinas para no desvanecer en el empeño. A veces me sueño eterno en el camino, pues imaginando o soñando desaparece el tiempo. A menudo, los mórficos me liberan de la realidad. Así que la realidad ya no es la realidad y la realidad es el sueño, la imaginación. También es más real y más hermosa y placentera –no discurre sobre una alfombra de flores-, tanto que no quiero despertar o no paso las noches escribiendo o leyendo para evitar a la mañana y dejarla para soñar.

Pero la vida y la imaginación son incompatibles y mi ilusión es hacerlas compatibles. Cierta paz me alberga cuando lo imagino, mientras escribo en este momento también, como si hubiese descubierto una hermosa concha en la orilla de una playa…

Imagino que estas letras siembran imaginación, ya se empiece a leer por el principio, como por en medio o el final. Que, aunque el día haya sido horrible o inocuo o triste e insoportable –más o menos como el mío-, se abra una puertecilla en el cerebro y nos encontremos en el lugar donde no existen los límites.

Por eso reniego de mis textos las más veces, ya que escapan de ese poder o lo utilizan en vano y no se convierten en sus emisarios, sino que sólo son reflejo del día y no comparten o exaltan o abrillantan a los sueños. Releo mi diario y poco más que existencial tristeza lo conforma; apenas algunos trazos de los sueños –no confundir con la esperanza, que es creer, ser creyente, aunque no importa que así ocurra. Releo mis poemas y muchos son como un despropósito de versos afilados.

Y en el calendario del universo fue ayer y por qué no lograr hacer que el tiempo no tenga esa forma lineal que inventamos. Y si escribirlo bastara para renacer el espíritu de esa forma de vida. El mero hecho del recuerdo e imaginarlo ampliase las dimensiones de la puerta o abriese otra puerta. La imaginación al poder, Neverland, el espejo de Alicia, Juan Sebastián Gaviota, El Principito, las utopías, la esencia budista…: se diría que es posible intentarlo pero que a alguien le interesa que sigamos siendo creyentes y esclavos.

II. LA TRAGICOMEDIA DE LA VIDA


Los siglos no me pesan; tal vez mis propios pasos. O el futuro. Los gafes somos así. Gafes de uno mismo y contra uno mismo, protagonista único de una tragicomedia.

Un universo elástico donde la felicidad es la goma de un lanzador de ciénagas e inmundicia que regurgita en mí. Y no es pesimismo: hastiado estoy de las palabras pesimismo y autocompasión. Y me importa un comino o nada lo que piense el mundo.

Recuerdo mi infancia, mi adolescencia, mi pasado. Si no soy el mismo, ¿por qué ese peso se amontona en la espalda, las mismas repeticiones? ¿Por qué anoche rompieron un cristal de mi coche? ¿O por qué desde que regresé a Sevilla no ha existido reposo, me han utilizado, he empeorado con este clima variable y, encima, los pájaros y los cacos se ensañan con el coche?

Caco es asesinado por Heracles, la mano de la justicia divina. Empero la vida en sí desconoce dicha palabra, la selección natural se encarga de ello: ensalcemos a la medicina en su afán hercúleo. Mi suerte es lo de menos pues ya está echada –de momento.

Pero sé de un feto que a las veintitrés semanas extrajo la mano de la placenta y se asió a la mano del cirujano que le iba a operar de espina bífida. Y me planteo si ese feto, de alguna manera básica, ya siente o piensa, si era consciente de que su vida estaba en juego; o sea, descifrar dónde comienza la conciencia. Sea como fuere su vida está marcada para siempre, porque el recuerdo fue grabado.

No es un muchacho como los demás, sino que conoce el poder de los milagros de la vida, incluso aunque no los sienta. De hecho con la publicidad de internet, con mis modestas palabras, estamos convirtiéndolo en un ser virtual del que cualquiera pasa a formar parte de su vida, incluso aunque exista el día en que todos los recuerdos sean cibernéticos.

Porque ya no queda nada para conectarnos a una computadora y crear una vida difusa entre materia y física cuántica convertida en memoria. Y entonces podré ser yo sin necesidad de cuerpo y no me importará vivir arrastrado ante el tropiezo. En tanto ya no seremos los mismos, sino un cerebro colectivo. Con la duda de si la imaginación perduraría.

Por ello, más que una novela puedo denominarme recopilador de la imaginación, para que exista aunque se extinga. Una narración en la que seré el protagonista de mis propias letras, mas como médium de una realidad volátil y, posiblemente, difuminada y absurda.

Solamente las vidas que no viven pueden o podemos dedicarnos a ello. Como ejemplo, ni se imaginan cómo puedo entablar una simple conversación sin hablar de mi cotidianidad –por baldía- o del clima o de algún deporte. A nadie le interesa el número de horas estériles o la trama del último libro de Antonio Gala –de por sí espeso- y si la Reina Isabel I de Castilla –la Católica- era digna de haber sido imaginada mejor como hubiese narrado Graves, al estilo de Yo Claudio. Tampoco puedo huir de pensar –ni se te ocurra comentárselo a alguien-, en estos días tan santos, qué pensaría realmente –si existió, valga la redundancia, realmente- Jesús de Nazaret, porque si lo sabía todo, en el fondo, se estaría desternillando a propósito de los hombres.

Sería consciente de que cada imagen que almacenamos es soportada por una sola neurona –eso han descubierto. Supongo que cada modelo, cada número, cada melodía o cada nota. No había imaginado, aunque sí intuido, que la mente se reduce a imágenes. Ciertamente, si uno se detiene verá que el doce –por elección espontánea al azar- es más que el doce y viaja en nuestro cerebro como una figura capaz de ser dibujada o convertida en poesía, la cual es una forma de escribir las imágenes, en vez de dibujarlas; o crear una nueva imagen que la contenga y que su cuerpo sea el sonido.

Jesús podría preferir desvelarnos estas verdades que las bienaventuranzas y las parábolas, pero era obediente y su padre se empeñaba en una pseudo-demagogia para eliminar el miedo a la muerte. Cuestión de elecciones y lealtades. Él, sabedor de que podía imaginar la vida misma –tal vez-, tuvo que renunciar a ese legado y entregarnos a un mundo de paz pero aburrido, en su sentido intelectual. En el fondo, su padre, a mi modesto entender, carecía o carece –si existe o existió- de imaginación. Lo redujo a la santísima Trinidad y a los milagros del pasado. Podía haberse dedicado a fomentar la imaginación y no recluirla entre alucinógenos y locos. Darle espacio a la belleza y al buen humor de calidad. La religión de la imaginación… Me auto-postulo como apóstol o simple sacerdote, a pesar de mi genética inconstancia, de esta nueva doctrina.

Hemos descolocado a judíos y romanos, incluso a los mistéricos y, probablemente no provoquemos la Edad Oscura ni la muerte inquisitiva. ¿Sería posible que ese era el contenido de la manzana: el poder de la imaginación? ¿O los frutos del Árbol de la Vida?

Poco a poco y sin amontonarse: a la imaginación debemos darle su tempo. Entre el azar y la muerte, en esta tragicomedia de dichas y desdichas, apenas la imaginación es el detalle que nos salva de no hacer mutis por el foro. Y por ello mismo debemos dejar que viva su propia vida.

I. LA SEMILLA AMERICANA


Imagino al grupo inmerso en la ventisca helada, caminando sin rumbo conocido y sin saber muy bien de qué tiempo se dispone y cuánto están consumiendo, porque no existen más referencias que el frío de sus pies sobre el hielo, la desértica e inhóspita plataforma sin relieves, rodeada de un horizonte monótono. Sus pieles ya son escasamente velludas de garganta para abajo y probablemente caliente más el calor del grupo, de la presencia ajena, que el de las pieles de animales muertos que les cubren.

¿Por qué caminan? ¿Por qué tuvieron que huir o partir o explorar, si existía un motivo y no era simple deseo de rechazar al miedo y seguir simplemente avanzando hacia el horizonte para marcar el territorio? Tal vez un líder soñó. O fue el hambre, siguiendo a una senda de cérvidos. Fue un conjunto de todo –así lo imagino. No existía la escritura y las leyendas que lo narraban se perdieron en el olvido de los que poseían la encomienda tribal de mantener vivo el recuerdo de los antepasados muertos.

Algunas noches clareaba tanto que las estrellas árticas intentaban caer sobre sus cuerpos. ¿Sabrían regirse por las estrellas? Al imaginarlos, vuelven a existir; en especial, los seis vientres primigenios, las seis mujeres de las que surgió la población del continente americano. Vuelven a estar vivas en las conclusiones de los genetistas, en el artículo que firma Yaiza Martínez, el cual es el enlace, y en estas palabras. No es necesario un nombre para cada una, porque no poseían el sentido de historia, de pasar a ella. Me las puedo imaginar como si viviera entre ellas. O que yo fuera una de ellas. Puedo imaginarlas como parte aislada de un laboratorio o como parte de una existencia global, familiares; pero también como si yo las creara y a la vez, no pudiera existir sin su existencia, porque por ella, aunque parezca improbable –mas es cierto-, mi presente es lo que es y no otro, por su importancia y porque sus ‘hijos’ formaron la historia, de un modo geográfico y carnal, de lo que soy ahora.

Si imagino, si las imagino, es porque son semilla indirecta de mi imaginación. El tiempo no existe o vagamos entre una centésima y otra, donde cabe nuestro infinito o veintidós mil años, más o menos. Mi imaginación inventa la vida. Salvo porque sé que soy mortal: pequeño detalle.

Y ellas. En su anónima creación exponencial –anónima y desconocidamente involuntaria- contaban como yo con la muerte. Pese a la acumulación de abstracción, por mi parte, y a su empirismo vital y conductivo, la muerte es la misma. Caminan por el desierto helado, descubren sin saberlo un continente y lo pueblan… Nos une un hilo sub-atómico, nos une un hilo histórico, nos une un hilo cerebral y casual, nos unen tantas cosas como nos desunen.

Caminan y velan por sus hijos, los amamantan, los abrigan, juegan con ellos… Ríen entre ellas, algunas se repelen, se disputan al mismo macho, su calor en la noche gélida. Puede que cuenten las estrellas; o inventen nombres para cada tipo de visión del hielo y. pasado el tiempo, de los nuevos accidentes orográficos y la nueva naturaleza al llegar la primavera en la nueva tierra, su nueva casa. Luna tras luna se verán iguales, con un poco de dolor de huesos. Alguna murió por el ataque de un oso o de otro depredador, como a alguno de sus hijas e hijos; o por una infección. La muerte como algo natural las haría más vivas, por lo que yo estoy más muerto de alguna manera.

Imagino sus vidas sin dinero, guiadas por simple supervivencia, depredación y fuego, con la paz del cansancio, sin pensar en propiedades y préstamos. El futuro sería como un bien escaso, ¡Qué sé yo!

Porque escribo de ellas, soy alguien distinto a antes de que aparecieran en mi mente. Sobre el mismo cuerpo y las mismas neuronas pero otro. Soy más distinto por lo que leo y pienso que por lo que experimento, porque la existencia pasa como si no fuera yo, más a menudo de lo que desease. Dirán que estoy loco. ¡Qué sé yo!

Después de todo mi reloj es más atemporal que el de La Montaña Mágica –asunto de enfermos y literatos. Y, sin relojes, empero, su tiempo era –o es- realmente denso y vital, casi palpable o relleno. Para mí, el tiempo se ha detenido, para ellas es tan pleno que apenas les afecta. Se podría decir que tanto para ellas como para mí, extremo tocando a su antípoda, el tiempo no existe. Juegos del cerebro. Yo, aquí, sobre el Estrecho de Bering sin levantarme de la cama.

Mi imaginación es lo más real de mi cerebro, al tiempo que busca acercarse al infinito. Habla en este silencio humano perpetuo, en todas las horas de soledad de las que soy motivo y efecto. También entre Asia y América, ya en estas tierras para darle la fama a algún vikingo o portugués o chino o genovés. Afirman que es cuestión de conciencia del hecho. Yo puedo prestarles dicha conciencia y, así, el resto de exploradores representan un reencuentro: unos cardan la lana y otros la fama, aunque así les hago justicia. Por ello puedo imaginar, en cambio, que alguna de aquellas seis mujeres imaginó que sus hijos ampliarían las lindes del nuevo horizonte y que la tierra es redonda y todo se entrelaza, hasta que alguien como yo las recrea en la noche de la porción invernal de marzo miles de años más tarde. Por lo más común de la presencia del ser humano, tras la muerte: la procreación. Pues en ellas permanecía la esencia y la magia de dicho poder. Como soy macho, el parto es similar a visionar un eclipse –me gustan más los lunares, por el color, por mayor romanticismo o cercanía-, un evento no carnal, indoloro y enigmático.

Con todo, no me son tan lejanos, sin embargo, los veranos e inviernos polares. Será porque conozco bien la monotonía. Será porque ya me imaginaron, alguna o algunas o todas a la vez, escribiendo sobre ellas, transcurridos unos veintidós mil años.